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Neuvas Tendencias En La Medicalización

By José Augusto Cabral Barros
2007

El modelo biomédico, la propaganda y la “medicalización”


La propaganda, bajo las más diversas formas -entre las que se incluyen Internet y otros medios sofisticados de divulgación electrónica- contribuye a reforzar la valoración, más allá de lo aceptable, de lo que se puede conseguir con el consumo de los productos. En el área de salud, como consecuencia del refuerzo de lo que se puede llamar “valor simbólico” del acto de consumir insumos diagnóstico-terapéuticos, se incrementa el proceso de “medicalización” en la forma de ver y actuar sobre el proceso salud-enfermedad, el cual es extremadamente cartesiano y mecanicista (privilegiando el modelo biomédico). En este modelo, el énfasis otorgado al tratamiento de las partes (órganos), asociado a los intereses mercantiles en juego, ha contribuido a intensificar una creciente y amplia crítica a la verdadera deshumanización de la medicina, asi como al incremento de la búsqueda de alternativas terapéuticas más coherentes con una visión holística del proceso salud/ enfermedad (Barros, 2002; Barros, 2004).

 

Las características presentadas en las últimas décadas por la evolución científica y tecnológica imponen la necesidad de volcar la atención hacia la verdadera “patologización”  - tal como ya recalcaba Taylor, en libro con fecha de 1979, que no deja de ser actual - de condiciones fisiológicas o hasta cierto punto “naturales, o aún situaciones que pueden tener factores determinantes poco claros, de orden psicológico (el caso de los anti-depresivos, mas adelante comentado, es emblemático) o natural, como por ejemplo la calvicie, impotencia, proceso de envejecimiento y que, al ser transformados en “dolencia”, demandan la intromisión del sector salud y su tecnologia.

El concepto de “medicalización” tiene a Ivan Ilich (1975) como uno de sus pioneros. El utilizó el término para describir la invasión de la medicina y su aparato tecnológico a un número creciente de personas y condiciones. Esto es, para áreas de la vida individual o etapas de la misma - niños recién nacidos, mujeres embarazadas o que están en la menopausia, personas mayores – que se van convirtiendo en el “blanco” de cuidados y estrategias intervencionistas específicas, independientemente de la existencia concreta de señales o síntomas de carácter mórbido o patológico. Vale mencionar otras condiciones, más allá de las que fueron señaladas antes, que van siendo “medicalizadas”, pasando a ser objeto de la “atención médica” y su aparato tecnológico, como: depresión, alcoholismo y otras drogadependencias, esterilidad, homosexualismo y otros comportamentos no aceptables socialmente, o, aun, la obesidad -mas allá de los estudios epidemiológicos que evidencian ser esta condición un “factor de riesgo” para males de variada naturaleza- más contemporaneamente, en nuestras sociedades para afrontar esta condición domina la apelación al uso irracional de fármacos, sean los inhibidores del apetito o los esteroides anabolizantes, para alcanzar masa muscular: en cualquier caso expresando los valores en relación a lo “bello”, en nuestra sociedad asociado al disfrute de un cuerpo esbelto, bien aceptado socialmente.

Martins (2003) observa muy acertadamente que ” la biomedicina se alejó de sus raíces históricas y de sus compromisos éticos para aparecer como una empresa comercial, en la que los pacientes son apenas insumos y materias-primas del proceso de acumulación capitalista. Esta perversión se tornó posible por la separación radical de la relación interpersonal entre médico y paciente, separación obtenida en gran parte con el apoyo de la tecnología utilitarista. Por consiguiente, la sustitución de la ética médica tradicional por una moral utilitarista, económica especulativa en el interior de la medicina oficial, aparece necesariamente como un hecho importante para la crisis del sistema médico como un todo y para las mudanzas de paradigma actuales”

 

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A small group known as Healthy Skepticism; formerly the Medical Lobby for Appropriate Marketing) has consistently and insistently drawn the attention of producers to promotional malpractice, calling for (and often securing) correction. These organisations [Healthy Skepticism, Médecins Sans Frontières and Health Action International] are small, but they are capable; they bear malice towards no one, and they are inscrutably honest. If industry is indeed persuaded to face up to its social responsibilities in the coming years it may well be because of these associations and others like them.
- Dukes MN. Accountability of the pharmaceutical industry. Lancet. 2002 Nov 23; 360(9346)1682-4.